Luis Alonso Vásquez
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Martha Isabel Alvarado
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REDACCION
Los Diputados de las diferentes fuerzas políticas representadas en el Congreso del Estado, ratificaron por unanimidad a Ismael Quintanilla Acosta, para ocupar el cargo de Procurador General de Justicia de Tamaulipas, a propuesta del titular del Poder Ejecutivo Estatal, Egidio Torre Cantú.
En el marco de la sesión ordinaria de éste jueves, el Pleno Legislativo, aprobó por unanimidad el dictamen que ratifica a Quintanilla Acosta, como titular de la Procuraduría General de Justicia del Estado, luego de que la Comisión de Justicia realizara los procedimientos legislativos correspondientes y lo declarara como una persona idónea para ocupar el cargo.

lunes 23 de abril de 2012
La guerra entre los partidarios del Plan de Tuxtepec y los correligionarios del derrotado Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, no había terminado. Los rencores no podían resolverse. En Tamaulipas se vivía un pugna feroz, mortal, descarnada entre los seguidores de Porfirio Díaz –encabezados por el camarguense avecindado en San Fernando, Servando Canales Molano- y las huestes –pocos pero irredentos- dellerdismo.
Ciudad Victoria, era uno de los centros de agitación de los simpatizantes lerdistas. La mayoría de la población, esperaba pacientemente el destrabamiento del conflicto. Corría la década de los 70 del Siglo XIX.
Un buen día, aparecieron en la ciudad, medio centenar de jinetes. Lanzaban vivas a Lerdo de Tejada. Rayaban los caballos sobre las empedradas rúas. Subían y bajaban inquietos, las calles de la capital.
El chasquido de las herraduras y los resoplidos de los caballos rebotaban sobre las paredes de sillar. Miradas temerosas, indiscretas salían tímidamente por las ventanas y las puertas entrecerradas.
Un grupo de los cabalgantes se desprendió del grupo y llegó hasta el Panteón municipal. Jubilosos, llegaron hasta una tumba. Tomaron el pico y la pala del sepulturero y abrieron una cripta.
Sacaron una caja de madera y la subieron a una carreta.
Los mismos hombres que subieron la carga mortuoria al vehículo, abrieron el catafalco. Sobre la barda del panteón, algunos mirones incrédulos, se santiguaron.
-¡Vámonos!-, gritó el que parecía jefe.
Caracolearon los caballos y los enfilaron hacia el poniente en donde se ubicaba el Palacio de Gobierno. El grupo cabalgó sobre la calle principal, escoltando el cargamento. Las ruedas de fierro y madera del carromato chirriaban. La gente desde las aceras y desde sus casas cuchicheaba; nadie hablaba en voz alta.
El viento huasteco de la tarde movía la ropa del cadáver insepulto sobre las maderas del sarcófago. Antes de recorrer la segunda calle, la mayoría de los victorenses ya sabían de quién era el cuerpo mancillado.
Y no auguraban nada bueno.
Los despojos vilipendiados era el cuerpo de la madre de Servando Canales.
Canales lloró cuando se enteró del hecho. Golpeó su frente contra su escritorio de cedro y pidió que le presentaran a los responsables de la afrenta. Uno de los colaboradores del gobernador tuxtepecano, dijo con rabia:
-General, si han hecho eso con mi madre, los fusilaba 20 veces…
Canales guardó silencio.
Era Servando un hombre temperamental. Explosivo. Años atrás, había encontrado a su madre llorando en su casa de San Fernando.
-¿Por qué llora madre?..-, preguntó.
Con rabia, la mujer dijo:
“Tu padre está con esa mujer…”
El joven Servando tomó la pistola y se apersonó en la casa de la dama. Sin decir palabra, descargó su arma sobre el cuerpo de la concubina de su padre. Para escapar de la ira de Don Fernando, escapó al rancho de un tío suyo.
Hombre de armas, de acción, que había derrotado a los invasores franceses en la célebre batalla de Santa Gertrudis que marcó la debacle del Imperio; que había enfrentado al deleznable Miramón en Matamoros; que había escapado a decenas de celadas de franceses y norteamericanos en los llanos tamaulipecos, dio entonces una lección de generosidad, pero sobre todo de política a sus leales y a sus adversarios. Cuando tuvo enfrente a los profanadores, les disparó:
“!Váyanse! Están libres. Sólo quería conocerlos”.