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Nostalgia por el oficio

Max Avila

09 de enero, 2020

Este columnista es autor de la novela titulada “Érase un periodista”, que en cierta forma significa el homenaje (y tal vez auto reconocimiento), hacia quienes con valor deciden transitar por un apasionante oficio que en estos tiempos y por diversas circunstancias se ha devaluado, a pesar de su innegable importancia.

¿De quién ha sido la culpa?. Eso queda en la conciencia de cada quien y los intereses disfrazados en erróneas interpretaciones institucionales.

Desde hace tiempo el periodista dejó de ser el agente de cambio a que le obligaba su vocación, para refugiarse en resignada complacencia que debilitó a un gremio que ahora navega casi, casi en la clandestinidad…su fragilidad es elemento que se presta al escarnio, incluso a la burla abierta, pública e inmisericorde de los beneficiarios.

Desde luego que la sociedad es la que pierde al desaparecer el puente por el que podría alcanzar justicia e igualdad…(algo que quizá a algunos no conviene).

El cuatro de enero de cada año, es día que importa menos a buena parte del sector periodístico. Esto es más grave aún.

El comunicador no necesita fiestas ni halagos, sino facilidades para ejercer su oficio a plenitud, sin restricciones ni condiciones. Es el ideal para una democracia sana en todos los sentidos.

Es un debate nacional, que en algunos lugares no pasa de ser mera referencia de regateos y especulación, nulificando la esencia republicana.

Lo anterior y algo más, lleva al escribidor a transcribir la introducción de la señalada novela (muy cercana a la realidad), que dice así:

“Erase un periodista” contiene algunas experiencias propias y ajenas, mucha imaginación y sobre todo, un gran cariño por el oficio.

Es una novela que refleja la pasión por una de las profesiones más sublimes y enigmáticas (que algunos califican de apostolado), vivida por un personaje que permanece en el anonimato, porque podría ser cualquier periodista sumergido en una tarea que se reinventa en forma constante e interminable.

El periodista que transcurre por estas páginas es quien añora las viejas redacciones. Aquellas en las que cada día el compañerismo las convertía en catedrales de la fraternidad.

Allí donde los periodistas retroalimentaban su vocación en el confuso ambiente de voces que chocaban, cuartillas que arrugadas y maldecidas volaban hacia el cesto de la basura, bromas, olor a café (y en algunos ocasiones no precisamente a café), y espesa y azulosa nube de tabaco quemado.

El personaje anónimo de “Érase un periodista”, es el que enfrenta pasiones y como cualquiera, se doblega o enaltece ante el amor; el que disfruta la bohemia que en los tiempos idos, complementaba la personalidad del reportero obligado a titularse entre las sabias paredes del bar de don Roque.

Pero sobre todo es el ser humano que rinde tributo a la amistad del casi hermano, fallecido prematuramente.

Es la vida de un periodista soñador e idealista, quien rebasado por las circunstancias en ocasiones, conserva la fe en un oficio que considera agente provocador de cambio social.

Inútil decir que sin dejar de ser objetivo y leal con su trabajo, se forma al lado de los marginados conservando la dignidad frente al poder.

Al final de cuentas esta obra pretende recordar a los periodistas que dejaron vida y esperanza en las viejas redacciones que sucumbieron ante el empuje de la tecnología y la frialdad escolarizada y “modernizante”, de un oficio que no se estudia…se vive”.

ALGO MÁS QUE CONCLUSIÓN

Lo que sigue no es ningún epitafio, sino la conclusión de la supra mencionada novela:

“Los periodistas que caminamos el último tramo de la existencia, somos una especie en extinción.

Pasajeros de una vieja y quejumbrosa lancha en un mar tranquilo hacia ninguna parte.

Atrás dejamos el bullicio y la pasión de un oficio del que fuimos cautivos por decisión propia.

Dejamos también la fraternidad de las redacciones convertidas todas las tardes en la gran familia de lo inesperado, donde los pulsos se aceleran conectados con el alma social.

Nada es igual a una redacción que palpita con el incesante teclear de las máquinas de escribir, que cual instrumentos musicales transforman al reportero en virtuoso de la realidad.

Una redacción que concluida la jornada, se declara lista para ser cómplice una vez más, del reinvento permanente de la vocación periodística.

Cuando asumí el valor de convertirme al oficio, escuché de aquel sombrío jefe de redacción: “En este trabajo abrirás muchas puertas pero otras te cerrarán; por interés halagarán tu vanidad mientras te apuñalan por la espalda. Y si buscas riqueza aquí es donde menos la encontrarás, influencia tal vez, pero condicionada a humillante sometimiento al poder, y es en este reto donde podrás mostrar tu auténtica vocación, de otra forma solo serás un títere al servicio de la simulación.

No olvides jamás tu categoría de periodista. Acostúmbrate porque este oficio tiene mucho de apostolado. Somos como el eslabón que hace falta para entender lo humano que podemos ser en una sociedad regida por la barbarie y controlada por la enajenación”.

Ahora, al final de la tarde estoy convencido de que valió la pena ser periodista”.

Ha de disculpar la nostalgia de principio de año.

SUCEDE QUE

Oiga, que la situación de doña Marta Sahagún frente a la justicia es más delicada de lo imaginado. Y es que algunos informes la sitúan como presunta “tesorera” de los Legionarios de Cristo.

Significa ello que en eso de supuesto lavado de dinero de que acusan a dicha organización, tendría que responder con el rigor exigido por el gobierno de la Cuarta Transformación.

De resultar culpable (cuestión todavía difícil de comprobar), seguramente la república demandará lo que corresponde.

Es razón y motivo de la mortificación de don Vicente, su marido, quien ya publicitó su más amplio y absoluto respaldo, asegurando que la conoce bien. Y si como buen ranchero lo dice, habrá que creerlo.

“Pos porque te conozco”, diría aquel.

Y hasta la próxima.

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